Los borrachos o el triunfo de Baco

"Los borrachos" o "El triunfo de Baco"
Diego de Velázquez

Los gobernadores en esta Gea Gaya

FRAY FLAMINIO BENÍTEZ ORTIZ, OCD

Caía la tarde. El crepúsculo se avecinaba con su cuerpo trigueño. Aún nadie sabía si tendía a ser blanco o si podía ser negro. Y la hora iba transcurriendo lentamente, aunque la oscuridad iba vertiginosamente opacando la faz de mi tierra. La luz parece esconderse no solo del espacio-tiempo y de los baches-tatuajes que destrozan las calles de la ciudad, sino también del corazón y de la mente de quienes se consideran equivocadamente los únicos faros, capaces de iluminar los caminos de la vida nacional. Sin embargo, la oscuridad brillaba por todas las calles.

¡Ah, las calles! Las viejas sendas, tan viejas como las abuelas que nacieron 274 años antes de veintiún cañonazos que anunciaron la supuesta independencia de mi tierra. Sin embargo, todas esas calles parecían doncellas, tan nuevas como el capullo de un kerayvoty, al instante mismo de un luminoso despertar que la mayoría sueña. Y todas ellas al parecer se dirigían hacia la lóbrega bóveda de los ratones, donde hace mucho no entraba la luz, ni siquiera su reflejo tenía allí cabida, porque esos ratones nunca escucharon a Themis ni conocieron a Némesis ni temieron a Niké. Por eso, su cueva no tenía ninguna ventana y sus puertas fueron cerradas por unas manos negras, aunque se sabía que Zeus y Até eran quienes movían a las acciones por todas partes.

Por esas calles iban llegando, paradójicamente, la tarde aquella, algunos soñadores del alba, como Morfeo e Hipnos, con algunos Oniros, porque escucharon los bombos que tronaban en las tripas de los hombres de mi tierra y porque las ratas, con unos sucios panfletos escritos con alocadas tintas ya muy gastadas en sus múltiples colores, apagaron las últimas luces de la cueva, allí donde nunca entró la Señora Democracia.

La tarde se ponía triste, como el sollozo de un guaigüingüe, y su pena iba aumentando con cada tic-tac de los relojes, a la par que la oscuridad iba cubriendo lentamente aquella plaza, cuya faz aún estaba iluminada por la potente luz de los sueños, especialmente de los Morfeos y Oniros. Y toda la humanidad sabe que no hay nada tan resistente como un kerayvoty de los pobres, porque la esperanza es la única riqueza que tienen y, además, es lo último que se pierde.

Han resistido tanto los sueños que los embates de Zeus, con toda su dictadura y deshonestidad, su inequidad e impunidad, aunque el dios supremo de este olimpo pudo devorar a Urano, nunca consumió ni a los morfeos ni a los oniros. El Zeus que conozco es igual que Cronos, porque sigue devorando no sólo al Urano de mi tierra, sino a tantos hijos de la pobre Rea, la salvadora de su último hijo. Pero, Zeus y Cronos nunca pudieron deshojar los sueños de la vida ni mucho menos arrancar sus raíces. Por eso, al ir cayendo aquella tarde en el regazo de la noche Nix, los soñadores llegaron hasta la cueva, donde la ley nunca se entendió desde Themis ni desde Némesis ni desde Niké, sino desde los mezquinos intereses de Zeus, de Até y de Pluto, y donde la furia del enojado Poseidón quiso dominar a los eolos de la juventud que se levanta en defensa de su pueblo en esta Gea Gaya.

Era la hora del crepúsculo, el momento mismo en que se iba retirando la  tarde y venía llegando la noche Nix; el momento en que Aión y Hades se abrazan al igual que Eros y Thánatos, es el crepúsculo de los poderes idolátricos. Es el momento de nadie y de todo, como se dice comúnmente, porque la tierra de nadie es también la de todos y, por ende, se encuentran los contrarios en esta total y manifiesta anarquía. Y de hecho, de todo pasó a partir de ese momento y nadie se responsabilizó de lo que en verdad ocurrió. Todos, siendo los culpables, buscan otros culpables. Es cierto que no es lo mismo ser Zeus y Até que ser cualquiera del Vigrior, ni es lo mismo ser Giin y Bills que ser Odiseo, como se verá. Los cascos azules, secretarios de Ares, de Marte y de Dionisio, se salieron de sus cabezas y, como siempre sucede, se olvidaron de su misión primera, la de crear la seguridad y mantener la tranquilidad para que venga Irene a proporcionar la superación de los conflictos y la presencia de la Armonía. Ellos acudieron a los abusos de poderes como si fueran los soldados de Zeus y como si fuesen el mismo Marte con su lobo. Sus manos se pegaron a los gatillos y, así, abrieron canales en la piel de los oniros que sueñan la verdad.

Por eso, Surf y los gigantes de fuego entraron en la cueva de los ratones y quemaron los panfletos para curar las heridas que sufrieron y están sufriendo las hijas de la Señora Constitución. No faltaron algunos pájaros locos de la selva vecina que llevaron algunas plumas en su reseco pico tal como hicieron los pájaros carpinteros de Marte. Mientras, en la ruina de Ares y de Marte, los balines tomaron carreras hacia direcciones equivocadas y, mientras algunos se perdieron en la espesura de la noche, otros robaron, premeditadamente quizá, la vida de Odiseo en su plena juventud, sin mirar por última vez su ROpero y sin despedirse de su QUINTA, y la mayoría convirtió la calle en río de sangre, en raudal de ataques entre los hermanos Dioscuros, en vendaval de corridas de lobos y huidas de Pólux por no afrontar y violentar más a las montadas y al cuerpo de Cástor, su hermano. Algunos titanes vinieron también volando como buitres al oír el grito que causa la violación de algunas hijas de la Señora Constitución, pero solo pudieron atisbar el ocaso de Zeus en medio de la noche y la derrota de Cronos mordiendo la piedra porque, como siempre, quiere devorar a sus hijos.

Al ir llegando el amanecer, los oniros soñadores culparon a la historia que ya se estaba tramando a hurtadillas, porque se venía ya tejiendo con el hilo de la idolatría del poder y el de la ambición desmesurada de las riquezas que tenía el rey Midas antes de dar la hospitalidad a Sileno y de encontrarse con Dioniso; porque, al permitir un vandalismo político, ignoraban los gritos que claman por la seguridad, la paz y el trabajo digno con remuneración justa; porque veían la sangre derramada en los campos de la doña Injusticia y olvidada en el río de la nostalgia de otros ignorados en las calles de los motochorros; porque no se interesaban por la caída de las escuelas ni les importaba la falta de las medicinas en las oficinas de Hipócrates. En este viejo tejido, Orfeo y Apolo, avaros y egoístas como siempre, no querían soltar las cuerdas de su garganta para entonar un canto nuevo a su respectiva esposa, la diosa Envidia, que quería todo, incluso los bienes ajenos, y Mammon, que tanto admira los tesoros de la tierra, al igual que el Rey Midas solo quería los oros de sus toques.

¿Quiénes tejieron esta historia?, podría preguntarse. Los nombres sobran. Pero no merecen ser nombrados. Son los innombrables y los impresentables, especialmente Zeus el todopoderoso de esta tierra, igual al rey Midas que se muestra como el protector de Polis y el bienhechor de Gea. ¡Que obcecación de la estupidez humana!, decía hasta un niño de siete años. Pero las manos negras que tenían la espada de Damocles no querían entender el peso de sus fechorías, porque no soportaban la velocidad de la luz que se les escapaba por doquier, y, con el estoque de tantas mentiras, iban y siguen asesinando la verdad que corresponde a la propiedad de la señora Constitución. Así, las manos negras culparon a los buitres oportunistas que persiguen los pasos de los titanes y merodean a los soñadores, que resisten la lucha hasta llegar el momento del ragnarök, el ocaso de los dioses poderosos, o el momento en el que desplegará, sin más cuento que contar, la bandera de la Señora Constitución, con los colores del rojo, la justicia, del blanco, la paz y del azul, la libertad, porque quien hoy y siempre tiene que gobernar no es Zeus, ni Ares, ni Marte, ni Midas ni Mammmón, ni cualquier Tavyron Pokarẽ, sino los gobernadores en esta Gea Gaya han de ser: la Señora Constitución con Iustitia, Irene y Libertas, para que florezca el Kerayvoty de ayer, de hoy y de siempre, que los morfeos y los oniros llevan en el corazón.

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