desconocida

La desconocida abandonada

Fray Flaminio Benítez Ortiz, ocd

Era negra la noche como el agujero de un moñai quemado al mediodía. El gemido se oía como un llanto quejumbroso tan cerca que el lugar parecía un cementerio, aunque era una calle céntrica, justo por donde el ladrón de los sueños entra en su palacio de tesoros ajenos.

El momento mismo del entierro del hijo único de una mujer de setenta y siete años, postrada en la cama de la enfermedad y de la vejez, es menos lastimero que aquella mirada perdida en la oquedad del tiempo, que aquel rostro ajado por la quemadura de la vida, que aquella mano tendida al vacío, porque ese momento es tan sólo un instante que ya no volverá con todo su dramatismo.

Sin embargo, ella estaba allí sentada, a la vera del camino por donde todos pasan y en donde nadie la veía. Parecía que el infortunio la adoptó desde los tiempos inmemoriales para que toda aquella ingente multitud continuamente tropezara con su mano tendida para recoger de la nada el precio del pan que no tenía. Era el símbolo de la esperanza esa vacía y tendida mano que tanto resiste al imperio de la indiferencia que reinaba en el corazón de la gente.

Siempre con la mano vacía la encontraban las horas que no pasan en la ciudad de Cronos, porque la noche se eternizaba en su vida casi igual que su inigualable esperanza. Era extraño e inexplicable notar cómo su paupérrima pobreza podría ser ignorada por la riqueza de tantas miradas transeúntes y de tantas manos jóvenes que acumulaban y apretaban los tributos ciudadanos. Por allí cruzaban todos los acorbatados que, en las oficinas de los entes públicos, comían los manjares cocinados en la olla común con la salutífera agua de los sudores campesinos y de personas de buena voluntad.

Ninguno la miraba.
Ninguno la veía.
Nadie le hablaba.
Nadie la conocía.
El espectáculo ignorado
con tanta persistencia
indica que la existencia
no valora su pasado.
Que increíble manera
de olvidar las raíces,
cuando la verde primavera
solo florece en las narices!
Y que poca memoria
para recordar la propia historia,
la inocencia de la vida,
guardada en su guarida
por la noche de antaño,
y por el sentimiento huraño!

La mayoría de quienes pasan por allí, viene ora de tierra adentro, ora de las villas ora de los bañados, en donde los pies fueron enrojecidos por el sevo’i del lodo y en donde las pezuñas fueron levantadas por los piques extraídos de entre los polvos resecos.

Más de uno, seguro, han sentido la picazón del kura’yi en la piel que no conoce el agua que limpia de la karacha, o del ky ra’y en el cuero de su akãne. Más de uno, quizás, han desayunado un cocido yrei con coquito atã para irse a desmayar en la escuela, si acaso ya no cayesen en el camino. Y aunque no hayan experimentado la permanente invisibilidad del pan que se ausenta en muchos hogares, es imposible que no se escuche desde Urano el grito de la panza no sólo de ella sino de tantos hombres de la tierra y el gemino o el llanto de los niños torturados por la falta de un bocado.

Y es por eso que uno se pregunta por qué ignoran la miseria del pueblo engendrada por el Avaro, el sistema casado con la inequidad violenta de los tuku karu, transgresora y depredadora de la inclusión social y protectora de la injusticia, que es la anciana madre de la inseguridad y de la muerte de ciudadanos trabajadores.

No cabe duda de que el poder ciega y de que el globo inflado opaca la luz de la mirada. Es por eso que ella, en medio de su mísera posición, aún permanece desconocida, ignorada, abandonada a su suerte, sólo referida en los pasillos de la robusta injusticia por su doloso apellido, la pobre, y por su maléfico sobrenombre, la mendiga.
Así, ninguno la miraba.
Ninguno la veía.
Nadie le hablaba.
Nadie la conocía.

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