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El gran incendio
Anónimo, escuela holandesa, 1.666

El fuego de la lectura

Yhatata Ñuroky (2.001)

¿Quién prendió el fuego? ¿A quién se le antojó iniciar esta llamarada?, venía gritando, a voz en cuello y exasperadamente, el Director de la Escuela de Enseñanza Media y Diversificada Tavyraso, porque casi todos los comunicadores sociales de los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, lo llamaron para preguntarle cómo se inició el incendio de la estructura institucional; de lo contrario, quizás, nunca se daba por enterado de aquel histórico suceso.

En ese momento, algunos de los profesores, afines al Sr. Director y a la orientación ministerial, trabajaban arduamente, acarreando el agua en baldecitos pequeños con el propósito de apagar esa hoguera que iba insensiblemente creciendo, mientras otros pocos estaban observando el danzar de aquellas chispas, desde la distancia y entre simples curiosidades y risas, incertidumbres y asombros, al mismo tiempo en el que la mayoría de ellos estaba mirando por la tele o escuchando por la radio la noticia, con la más plácida y neutra indiferencia. De la misma manera, la mayoría de los alumnos estaba domesticada y sumida en esa negligente apatía y en esa indolente flojedad, porque a quienes les tenían que enseñar les faltaba más motivación que a esos que fueron obligados a leer y aprender las diversas lecciones que sólo algunos copiaban de la vieja pizarra.

Solo nueve de los mil profesores que tenía aquella legendaria institución educativa, fueron dispuestos e idóneos para apoyar a aquellos pocos alumnos que, aún fuera de tiempo o prematuramente, iniciaron esa tamaña desubicación social de encender aquel minúsculo fuego, capaz de convertir en cenizas todo aquel antiguo e inverosímil edificio, en donde siempre intentan pero nunca acaban de domesticar la razón y la inteligencia del ser humano, deseoso de desarrollar su capacidad intelectual hasta su máxima posibilidad.

Al escuchar el grito iracundo del furioso Director que venía como para arrasar aquella llamarada, algunos alumnos se acercaron a observar qué acontecía en medio de aquella concurrencia de otros alumnos, profesores y padres de familia que ya estaban mironeando (fisgoneando) por allí. Es que era algo curioso y muy raro que unos pocos alumnos se determinaran a incendiar inteligentemente toda una estructura y todo un sistema. Todas las personas que no eran ignorantes, permanecían estupefactamente maravilladas por lo que estaba aconteciendo.

Al llegar el Director de la Escuela, el Sr. Lic. Augusto César Cuervos Cornejas, apodado el Buitres en las calles y en las canchas, entre tereré y botellas, como queriendo consultar a los pájaros de mal agüero, preguntó de nuevo quién inició el fuego. Y señalando a Nacho con el dedo le dijo: ¿Fuiste tú? Y Nacho, tímidamente, le respondió: No, Sr. Director. De hecho, Nacho era un alumno diez de la Institución, no tanto por los libros que había leído sino por su madre que enseña en esa fabulosa Escuela.

El Sr. Cuervos Cornejas hizo pasear su mirada furiosa sobre los presentes y vociferó: ¿Quién puede ser entonces? Luego, agregó: Solo un alumno desubicado puede hacer un acto revolucionario de esta magnitud. Todos se reían y se decían por dentro: No sabe ni dónde está parado este Director; no sabe ni cómo mostrar que no sabe nada, pensaban otros. ¿Quién prendió el fuego?, volvió a inquirir el Director, al mismo tiempo que miraba a los alumnos más hincha pelota de las clases. Algunos dijeron, en singular: No fui yo, sr. Director. Otros expresaron: No fuimos nosotros. No sabemos quién fue. Y de hecho no lo sabían, porque aquellos alumnos generalmente no atendían en las clases, no hacían sus tareas, mucho menos tomaban un libro para saborearlo con gusto y enriquecer su conocimiento. Además, en la vida, hay muchas preguntas que no tienen respuestas y hay muchas respuestas que no vienen de las preguntas, pensaron aquellos alumnos que comenzaron a leer y a conocer los escritos de los grandes pensadores y científicos de historia humana.

El Director vuelve a insistir: ¡Sin duda, fue alguien de entre ustedes! ¿Quién es el que está tomando esa mala costumbre de reírse de sus profesores? (Tal vez quiso decir quién se atrevió a “quemar” al profesor) ¿Quién fue el que se rió del Profesor Prokauro Tavyron de Camacho, al decir que cuando estudiaba filosofía leyó las Obras Completas de Sócrates? Entonces, desde el otro lado, se escuchó una voz firme e intrépida que decía: Fui yo, Sr. Director. Era Deméter Minerva. El Sr. Lic. Augusto César la miró despechadamente. ¿Quién más?, reclamó frenéticamente: Yo también me reí, dijo Apolo Petalozzi Ñanduvai; yo también afirmó Píndaro Safo Cardozo. ¿Y por qué se rieron del Profesor?, interpeló el Director, en tono amenazante. Entonces respondieron con toda valentía: Porque el Profesor no sabía que Sócrates nunca escribió una obra. Además no quería aceptar que no lo sabía, agregaron.

¿Y ustedes cómo saben esas cosas?, indagó de nuevo el Sr. Lic. Augusto César. Y los alumnos le dijeron: Porque leemos en los libros, Sr. Director. ¿Y cómo fue para que ustedes se atrevan a abrir esos grandes libros?, presionó el Director. Entonces Apolo Petalozzi Ñanduvai tomó la palabra y dijo claramente: Porque la Profesora María Montessori nos enseñó para la vida, con amor, nos proporcionó los materiales de lecturas que nos agradan y nos ayudan para nuestro propio aprendizaje. Ella nos animó a vencer nuestros miedos, sobre todo el temor a los libros, y a tratar a éstos como nuestros mejores amigos, porque en ellos arde la llama de la vida y el horizonte de futuro. Es lo mejor que hemos aprendido de ella.

Como el Sr. Director lo contemplaba boquiabierto, Apolo Petalozzi Ñanduvai se calló y miró a Deméter Minerva, quien dijo: También el Profesor Emilio Rousseau nos ha convencido de que la lectura nos libera de la pasión opresora y nos capacita para la sublime entrega del amor, como logró Julia, la nueva Eloísa, más allá de las clases sociales, a fin de alcanzar la equidad en la comunicación del amor, Sr. Director. Y, por eso, nos agrada leer, analizar, comprender sintetizar y compartir buenos libros.

Y como, ante estos conocimientos, el Director no podía seguir con su furiosa rabia y se mantenía en silencio, tratando de dominarse un poco, Píndaro Safo Cardozo dijo: En realidad la Profe María Montessori y el Profesor Emilio Rousseau nos enseñaron que la lectura es el fuego que incendia y consume las hojarascas de la ignorancia y cómo deseo que el fuego de la lectura reflexiva y crítica siga calcinando este sistema educativo que nos destruye en el horno de la ignorancia y de la corrupción.

Al callarse Píndaro Safo Cardozo, todo quedó en silencio. Y, de repente, se escuchó que todos aplaudieron a estos jóvenes capaces de prender el fuego de la lectura comprensivo-recreativa y quemar las hojarascas de la ignorancia en la Escuela E.M.D. Tavyraso.

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