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La lección
John Barnard Whittaker

Educar: comunicar un cierto sentido de la vida

La educación no está hecha de palabras, sino de cosas bellas, buenas y verdaderas

María Vìctoria Ovelar – Abogada – Profesora de Historia

Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.

Aunque parezca una frase sacada del periódico de esta mañana, es una cita atribuida al filósofo Sócrates (siglo V AC).

Con estas palabras nos provocaba el profesor Franco Nembrini a padres del Colegio Santa Caterina da Siena. Nembrini, educador italiano, nacido en 1955 en la provincia de Bérgamo, quien había decidido ser profesor de italiano a los 12 años de edad tras haberse encontrado cara a cara con los versos de Dante, nos contaba sobre su libro titulado He visto educar.

Nembrini nos introdujo al tema de la educación haciendo notar que el problema educativo, esta aparente deficiencia del niño y del adolescente de aprender, no es un asunto nuevo ni sencillo. Educar es una cuestión radical porque atañe a las raíces últimas del ser humano. Aún los judíos recluidos en Auschwitz durante la guerra mundial lo hicieron. Si fue posible allí, no tenemos excusas, pero educar no es un problema de nuestros hijos sino de nosotros los adultos.

Ningún adulto puede excluirse de educar y decir que está fuera, porque al fin y al cabo todos educamos. En tanto somos hombres y mostramos una forma de vivir la vida, educamos; y por otro lado los niños y jóvenes aprenden. Aún en el seno materno el niño ya está aprendiendo, y cuando nace, la madre no sólo le da su leche, le transmite un sentimiento acerca de la vida. Nuestros hijos nos demandan que seamos padres con el desafío, aunque sea inconsciente, de una mirada que nos dice: Papá, asegúrame que vale la pena haber venido a este mundo.

¿Qué ven nuestros hijos cuando nos miran? Ven un testimonio. ¿Qué piden? Nos piden ser felices. Aunque no asociemos que a los 3 meses pidiendo la leche, a los 3 años pidiendo la respuesta a miles preguntas, y cuando cumplen 13 de diferentes maneras, siempre es el mismo pedido: una razón para ser felices.

¿Cuál es el método? Queremos que sean felices, y para ello necesitan ver nuestra felicidad.

La felicidad no se transmite con el discurso; nuestros hijos pueden ver si existe o no. Los chicos ya saben aún a los 3 años si nosotros estamos o no felices con nuestra vida. La educación es un testimonio siempre. Como padres no debemos temer a educar ya que es lo más natural del mundo. Cerraba el punto Nembrini con la siguiente afirmación: Mi padre se ha preocupado de su santidad y no de la mía, y esto es envidiable. Yo hasta hoy quiero ser como él.

La educación tiene como ley la Misericordia. Hoy en día, los padres no es que no amemos bien a nuestros hijos. Sin embargo al enviar el mensaje Yo te quiero, ellos reciben el siguiente: Hijo, yo te quiero, pero cuánto más te querría si hicieras la tarea, si aprendieras a arreglar tu cuarto, si… etc. Nuestro amor entonces se convierte en un chantaje. En nuestra cultura judeo-cristiana entendemos que Dios nos ama como somos originalmente, aun sabiéndonos pecadores. Para poder ser buenos necesitamos hacer un trabajo. Para afrontar la fatiga de ese trabajo necesitamos ser felices, para ser felices necesitamos ser amados, y para saber que somos amados alguien nos tiene que decir: Estoy feliz de que existas, así como eres, y daría la vida hoy por ti, así como eres ahora, no necesito que cambies para amarte.

Otro punto importante al que se refirió es que nosotros, como padres, nos equivocamos al querer evitar el dolor y la fatiga a nuestros hijos pequeños y así llegan a los 18 años estructuralmente frágiles. La fatiga más grande es la de aceptarse a uno mismo y entender que hay un trabajo cotidiano que realizar para adquirir esos buenos hábitos que nos conduzcan al bien de nosotros mismos y de los demás. Sin embargo, existe actualmente el concepto que no somos suficientemente buenos para ser padres. Que no poseemos las cualidades, la formación y moral necesaria y, como tenemos miedo a desarrollar nuestra tarea, contratamos entonces a todo un equipo que nos ayude: psicólogo, nutricionista, entrenador físico, etc. Muchas veces ante los problemas optamos por sedarlos con medicamentos, mientras que en la gran mayoría de los casos se trata de problemas de relacionamiento con los progenitores.

Como mensaje final el profesor nos recomendó tres puntos importantes:

  1. No tener miedo a equivocarse. Nuestros hijos nos perdonan siempre. todas y cada una de nuestras fallas y limitaciones. Lo que nunca perdonarán es que no les testimoniemos un sentido positivo de la vida.
  2. Bombardearlos con Belleza. Hoy es más difícil que el mensaje llegue con nitidez a nuestros hijos, pero debemos saber que ellos siguen teniendo el mismo corazón, igual al nuestro e igual al de los jóvenes de hace mil años; ellos están bien hechos. Lo que sucede es que tienen un corazón sepultado bajo diez metros de estiércol, entonces requerimos de una señal cien veces más potente para despertarlos. Las señales no tienen que ser perfectas sino grandes y fuertes, y deben transmitir un entusiasmo por la vida.
  3. Creer en la escuela escogida. Si la escuela y el profesor son el enemigo mortal para los padres, ése será el juicio de los hijos hacia la institución y los maestros.

Nosotros los padres tenemos, junto con los profesores, el privilegio de trabajar en el oficio más hermoso del mundo, el oficio de educar; este es un trabajo de siembra y no de cosecha. Podemos ver la semilla que cae pero no sabemos si veremos el fruto.

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